domingo, 29 de enero de 2012

Fiesta de negritos

Por ÁLVARO BUSTOS GONZÁLEZ
Una noche de agosto de comienzos de los años 70 del siglo pasado me topé con Lucho Bermúdez en el Grill Candilejas en Bogotá. Lucho frisaba los 60 y pico de años y estaba efusivo, con su pelo lacio adherido al cráneo, peinado hacia atrás, sin camino al lado ni en la mitad. No había mucha gente en los consumos, y por esos días su agrupación, que venía precedida de una fama legendaria por sus resonantes éxitos en Latinoamérica, andaba de capa caída. Mi carta de presentación fue hablarle de Carlos Piña, con el cual yo había mantenido unos diálogos efímeros en la orquesta de Los Hermanos Martelo en Medellín, de mi afición por el porro y, por supuesto, del virtuosismo de su clarinete.
Lucho refirió las dificultades y sinsabores que tuvo al llevar sus aires tropicales al páramo. Por aquellos tiempos de epifanía en Bogotá no había oídos sino para los lamentos del tiple y algunos cantos foráneos, de modo que las prevenciones y comentarios displicentes contra los zambapalos de negritos no se hicieron esperar. El tiempo, sin embargo, le dio la razón a Bermúdez. Su música se diseminó por todo el país y hoy nadie duda de que Carmen de Bolívar sea un clásico del género.
Años después, la noche del 6 de enero de 1978, Lucho se me apareció en una habitación del Hotel Lisboa, en el cruce de la Avenida Cuauhtémoc con la calle Dr. Márquez, en la colonia Doctores del Distrito Federal. Cuando prendí el radio, mientras acomodaba mis pertenencias de recién llegado en el opaco y estrecho recinto de tonos escarlata y marrón, lo primero que sonó fue Salsipuedes. No pude dejar de sorprenderme y de alegrarme por tan curiosa coincidencia, que jamás hubiera podido prever.
Por estos días, a propósito del centenario del nacimiento de Lucho Bermúdez, encontré una versión de Fiesta de Negritos interpretada por La Integración. Luego de oírla muchas veces, de seguir nota a nota la secuencia del clarinete, la trompeta y el saxofón al tenor de la misma melodía, como si se disputaran una preeminencia, memoré sus alusiones del Candilejas, en las que sin amargura pero con altivez traslucía su desencanto por la incomprensión inicial de que fue objeto en la capital. Hoy pienso que esa pieza maestra, en la que el pájaro feliz del clarinete, el clamor de garrocha de la trompeta y el arrullo bronco del saxofón expresan el testimonio grandioso de un genio, fue un acto de venganza contra la maledicencia andina que le atribuía a sus sones el único fin de divertir a nuestros coterráneos de raza negra. No tuvo que decirles nada; sólo dejar que la inspiración de su partitura, sin ninguna voz humana de por medio, hablara por su raza y por su espíritu.
En el jubileo del centenario de nuestro ilustre compositor, es justo hacer una venia de gratitud al recién fallecido Pablito Flórez por sus creaciones (quien oiga La muerte de Nancho hallará la razón de por qué Juan Manuel Roca dijo que Pablo Flórez era el mejor poeta de Colombia, y quien le ponga atención a El gallo tapao convendrá conmigo en que el bombardino de Ramón Benítez parece un instrumento de otro mundo), a Aglaé Caraballo por sus interpretaciones y la forma auténtica en que nos hace vibrar por esta tierra, y a Juancho Torres por la extraordinaria difusión que ha hecho del porro, ejecutándolo de la mano de encumbrados músicos de orquesta y bandas sinfónicas.
Por lo que han significado para nuestro folclor, por haber utilizado el arte para conocer y divulgar las más sentidas alegrías y tristezas de nuestra gente, ellos merecen estar en el mismo panteón del gran Lucho Bermúdez. La reconstrucción cultural de Colombia, postergada por las prácticas perversas de la "payola", podría comenzar con una mirada a las cadencias y versos que sobreviven desperdigados como ángeles huérfanos en las vegas embrujadas del Sinú y en las inabarcables planicies de Bolívar y Sucre.

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